La evolución del concepto de Arte y Patrimonio. El valor de lo popular.

El concepto de arte ha evolucionado con el paso del tiempo, y, de igual modo, también ha progresado el concepto de patrimonio, llegando a incluir dentro de él muchas manifestaciones antes ignoradas, despreciadas e inlcuso inimaginables de poseer valor alguno digno de preservar y valorar.

Los inicios en la evolución de la noción de arte y del concepto de patrimonio.

El concepto de “Patrimonio” es un término relativamente joven. Sin embargo, en su corta trayectoria ha tenido diferentes significados según el momento histórico durante el cual se trataba de definir. Ha sufrido una evolución, de igual modo que lo hizo la definición sobre el arte. De esta forma, mientras que durante mucho tiempo tan sólo se consideraba arte a la arquitectura, la escultura y la pintura, hasta el punto de ser conocidas como “artes mayores”,  posteriormente pasó a valorarse también la orfebrería y otras “artes menores”, tal y como se las denominaba.

El Patrimonio más allá de lo monumental y lo histórico-artístico.

Aún hoy, existen quienes  identifican al “Patrimonio” exclusivamente con “lo monumental” o lo “histórico-artístico”,  pero, por fortuna,  cada vez son menos los que siguen definiéndolo como “todo aquello que nos ha llegado de nuestros antepasados y que intentamos estudiar, proteger y conservar como un bien cultural”. Hasta hace pocos años, existía un criterio cronológico según el cual sólo era considerado patrimonio aquello superior a 100 años de antigüedad, lo que reafirmaba esta idea errónea.  Aunque esto podría considerarse al principio como un criterio de valoración positiva que asegura la salvaguarda de los bienes longevos, en realidad no lo es, puesto que el paso del tiempo y la práctica han venido demostrando que tras este argumento se escondía una estrategia para destruir nuestro patrimonio más reciente en el tiempo.

En 1989 se fundó la organización internacional para la Documentación y Conservación del Movimiento Moderno (DOCOMOMO) que procura ser una reacción desesperada para salvaguardar y proteger el legado cultural del movimiento moderno, es decir, la arquitectura racionalista. No obstante, desgraciadamente se trata más de un proyecto de documentación que de intervención real, puesto que en muchas ciudades españolas dicha arquitectura no se ha respetado, llegando a derribarse muchos edificios racionalistas.

El destino del arte depende en gran parte de la fortuna crítica, que es la encargada de determinar que las creaciones humanas pervivan o acaben desapareciendo en el tiempo, llegando a ser predominantes muchas veces en la toma de decisiones los criterios extra-artísticos. Y estas decisiones acerca de la conservación o no de una obra suelen adoptarse antes de que pueda plantearse el ejercicio de la tutela patrimonial. De ahí la necesidad de que ésta sea eficaz y salvaguarde el Patrimonio.

Aunque pueda resultar paradójico, existe una relación íntima entre patrimonio y destrucción. El patrimonio cobra forma a través de varias acciones de apreciación y valoración de las ruinas arqueológicas que se llevaron a cabo en el siglo XVIII, principalmente en las Islas Británicas, en Centroeuropa y en Italia. De hecho, provocaron un importante cambio a la hora de la concepción del pasado a consecuencia de surgir la idea de experiencia, especialmente a partir de las excavaciones de Pompeya y Herculano.

Las ruinas arqueológicas procedentes de diversos lugares acabaron poblando los jardines ingleses del siglo XVIII, y se interrelacionaron de tal forma en las costumbres de la época que llegaron incluso a convertirse en un auténtico fenómeno social y cultural, llegando a trascender el ámbito de la jardinería para acabar entremezclándose con el ámbito estético, literario y artístico.

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Esta capacidad para estimular que poseían las ruinas arqueológicas fue resaltada sobre mediados del siglo XVIII en Inglaterra por el poeta Thomas Warthon en su libro “Los placeres de la melancolía”. Algunas décadas después, William Gilpin, un pastor protestante, acabaría elevando la ruina a categoría estética.

Tal fue la suma valoración  que llegaron a alcanzar las ruinas, que muchos arquitectos llegaron a convertirse en simples simuladores de ruinas. De hecho, para poder satisfacer el creciente aprecio por ellas, se llegó a recurrir en numerosas ocasiones a la pintura al brindar dicho arte una mayor posibilidad de ficción histórica. Pero la pintura no sólo sirvió para estas inquietudes, sino que estuvo ligada a una elevada demanda social inclinada hacia el gusto por las ruinas, llevando al surgimiento de un nuevo género pictórico: la pintura de ruinas. De esta forma, se puede contemplar en diversas de las vistas prerrománticas que pintó a finales del siglo XVIII Thomas Girtin, el máximo exponente de este nuevo género pictórico, al llegar a convertir a las ruinas en las principales protagonistas de algunas de sus composiciones.

La pintura de ruinas como nuevo género pictórico.

La ruina venía a simbolizar en aquel tiempo el triunfo de la naturaleza sobre el propio arte, lo que resultaba ser un concepto anticlásico y prerromántico.

La pintura de ruinas pasó a convertirse en un género pictórico muy aceptado, y prueba de ello es que William Turner, uno de los pintores más importantes del romanticismo inglés, comenzó su trayectoria dentro del pintoresquismo como pintor de ruinas.

(Pintura realizada por William Turner donde se aprecia un paisaje con ruinas).

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Goethe y el valor de la ruina.

Además, el escritor J.W.Goethe, en uno de sus viajes realizados a Italia, observó al atravesar los Alpes que las ruinas de los edificios medievales poseían tanta belleza como las de la antigüedad clásica, proponiendo por ello su contemplación y recreación.

Aquello supuso una novedad trascendente en una época donde se excluía cualquier manifestación que se alejara de los parámetros establecidos. Por un lado, influiría en la crisis del historicismo y contribuiría al surgimiento del eclecticismo, que permitía al creador poder aunar en el proyecto modelos procedentes de diversas épocas del pasado. Por otro lado, esa mirada que abarcaba restos culturales provenientes de diferentes épocas históricas y culturas y la nueva concepción global del pasado prefiguraron el concepto actual de patrimonio histórico.

El valor de lo popular en la Historia y el Arte. La experiencia humana empieza a adquirir importancia dentro del pasado histórico.

Goethe reclamaba un aprecio simultáneo hacia los restos culturales de las civilizaciones de Grecia y Roma y hacia los restos medievales por tener en común el mero hecho de ser ruinas de nuestro pasado, algo que en su tiempo resultó ser algo insólito.

Sin embargo, tras el descubrimiento de las ruinas de Pompeya y Herculano, se empezó a cuestionar la idea de que el pasado poseyera únicamente una dimensión épica y monumental. Fue a partir de ese momento cuando se empezó a considerar la experiencia humana como algo importante dentro del pasado histórico, como un ingrediente más a tener en cuenta.

De este modo, dejó de concebirse exclusivamente como arte, aquellos bienes almacenados en palacios, templos e iglesias por los grupos sociales más poderosos a lo largo de la historia. Se pasó a pensar que la historia no sólo era escrita por los gobernantes y los ejércitos, sino que además existían manifestaciones artísticas populares, creadas por las clases más humildes de las diferentes sociedades y que tales individuos también escribieron la historia de nuestros antepasados.

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Las excavaciones del siglo XVIII de estas dos ciudades romanas ayudaron a mostrar y aportar, por primera vez, una imagen fidedigna de la vida cotidiana en el pasado. La erupción del Vesubio paralizó la actividad de los habitantes, por lo que los investigadores pueden reconstruir fácilmente lo que cada uno de los individuos estaba haciendo en el momento de la catástrofe, sin tener que ampararse meramente en escritos de la antigüedad clásica y en ruinas arqueológicas.

Evolución del concepto de Patrimonio Histórico a Patrimonio Cultural o bienes culturales.

A los ilustrados se debe el concepto de Patrimonio Histórico como consideración global del pasado. Posteriormente, el nacionalismo romántico le acabó añadiendo otros conceptos “como acervo popular y expresión de la idiosincrasia de un pueblo”, pero al comenzar el siglo XX el patrimonio se había asimilado a lo monumental y a las bellas artes.

En las últimas décadas del siglo XX ha aumentado progresivamente la complejidad del patrimonio, apareciendo nuevas terminologías al respecto: patrimonio histórico, patrimonio cultural o bienes culturales. Tales conceptos  se suelen utilizar como si de sinónimos se tratasen para referirse a manifestaciones y testimonios relevantes de la civilización humana.

Más allá de la noción objetual o material: La expresión “bien cultural”.

La expresión más reciente de “bien cultural” ha ido sustituyendo a otras denominaciones y se emplea para referirse a los elementos que conforman el patrimonio. Esto se debe a que llegó un momento en el que ya no se consideraba suficiente la mera noción objetual o material, sino que se tendía a potenciar la idea de actividad o producto cultural. Al utilizarse el término de “bien cultural” se superaban los conceptos historicistas o esteticistas que habían primado con anterioridad y se atendía más a aspectos que se hallaran relacionados con la expresión de una identidad concreta.

La Convención de la Haya de 1954: la primera vez que se emplea el término bien cultural.

El término “bien cultural” se empleó por primera vez en la Convención de la Haya de 1954, que estuvo dedicada a la protección de los bienes culturales en caso de guerra. Dicha reunión fue preparada por la UNESCO como respuesta a las grandes pérdidas ocasionadas tras la II Guerra Mundial sobre el patrimonio europeo. El texto final aludía a la importancia que para todos los pueblos del mundo tenía la conservación del patrimonio cultural, lo que obligaba a adoptar medidas de protección con carácter internacional.

El primer artículo del texto de esta Convención, establece qué tipos de manifestaciones se entienden como bienes culturales:

“Los bienes , muebles o inmuebles, que tengan una gran importancia para el patrimonio cultural de los pueblos, tales como los monumentos de arquitectura, de arte o de historia, religiosos o seculares; los campos arqueológicos, las construcciones que en conjunto ofrezcan un gran interés histórico o artístico, las obras de arte, manuscritos, libros y otros objetos de interés histórico, artístico o arqueológico, así como las colecciones científicas y las colecciones importantes de libros, de archivos o de reproducciones de los bienes antes definidos; los edificios cuyo destino principal y efectivo sea conservar o exponer los bienes culturales muebles tales como los museos, las grandes bibliotecas, los depósitos de archivos, y los refugios destinados a proteger en  caso de conflicto armado los bienes culturales muebles”.

Enriquecimiento del concepto de los bienes culturales.

Esta amplia relación ha sido matizada por la propia UNESCO, y posteriores Convenciones se han encargado de ampliar y precisar el concepto de bien cultural. Pero sería conveniente señalar que la protección del patrimonio menos monumental ya se había iniciado con anterioridad en el ámbito español, como en las campañas emprendidas por el Gobierno de la II República española para preservar aquellas piezas de titularidad no estatal que se encontraban en peligro.

En algunos textos emanados de las administraciones autonómicas españolas apreciamos interpretaciones más acordes con nuestra sensibilidad actual, como en el Avance del Plan Andaluz de Bienes Culturales para 1996-2000 encontramos la siguiente definición:

“El patrimonio, considerado desde una perspectiva general, es el conjunto de elementos naturales o culturales, materiales o inmateriales, heredados del pasado o creados en el presente, en donde un determinado grupo de individuos reconocen sus señas de identidad”.

El Toro de Osborne: ejemplo de protección de patrimonio no monumental.

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En nuestro país causó gran sorpresa que el Gobierno Andaluz incluyera dentro de los bienes que protege la administración autonómica al Toro de Osborne creado por Manuel Prieto en 1957 con fines publicitarios, que ha alcanzado el máximo nivel de protección tras el intento por parte de Borrell, antiguo ministro de Obras Públicas, de eliminar las vallas publicitarias de las carreteras españoles.

Ello pone de manifiesto el avance que se ha conseguido en los últimos tiempos en cuanto a protección patrimonial no monumental se refiere. Se ha logrado un considerable progreso en cuanto a la consideración de las artes industriales o decorativas (las mal llamadas artes menores), puesto que han pasado a ser consideradas bienes con interés socio-cultural, antropológico y, por tanto, culturales.

Autora:

Imaculada Mansilla Cejas, Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla, con la especilidad de Historia del Arte Antiguo y Medieval, y Museología y Protección del Patrimonio.

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By | 2018-07-04T16:08:45+00:00 7 julio 2018|

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